Primavera 2017, número completo y Editorial (Vol. 10, nº 162)

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De empleo divulgador

Carl Sagan, George Gamow, Stephen Jay Gould, Lynn Margulis, Richard Dawkins y unos pocos más, pero pocos, excelentes científicos y mejores divulgadores de la ciencia. Rayas en el agua. Un gremio que alardea de un método de trabajo diáfano, cuando llega la hora de contárselo a la abuela, peca de un oscurantismo narcótico capaz de tumbar al oyente más entusiasta; el «esta persona debe de saber mucho, pero no hay quién la entienda» es irrazonablemente común en el mundo científico. Algunos parece, incluso, que lo hagan a conciencia porque, sin querer, ¡es imposible explicarse tan mal!

Esta carencia de empatía, tópico merecido del científico común, es un lastre que no sólo obstaculiza el desarrollo de la ciencia (¿cómo convences a alguien que no te entiende para que te dé dinero?), sino que la desviste de su responsabilidad social más importante: despertar potenciales ocultos en la educación tradicional. El sistema educativo más generalizado en todos sitios (incluso aquí) se basa en una producción de graduados en serie que inhibe cualquier atisbo de genialidad. A lo peor es que no hay otra manera pero, aún así, está comprobado que algún alumno que otro se salva. ¿Quién ha sido el responsable? Un maestro instigador, una profesora ilusionada, un abuelo imbatido, un libro oportuno, una serie de televisión o una juntera propicia de bar. O sea, de chiripa. Es demasiado peligroso dejar en manos de la providencia esta repesca de potenciales pero, visto el percal, más peligroso aún es dejarla en manos de científicos avanzados.

Isaac Asimov, Martin Gardner, Ian Stewart, Felipe Mellizo, Manuel Toharia y muchos más, pero muchos, no apabullan con sus índices h pero han pregonado la ciencia de forma irresistible. No han sido nobeles pero seguro que muchos nobeles les deben su impronta a unos paladines anónimos de la ciencia. Seguramente, muchos logros científicos no habrían sido posibles si el autor no hubiera despertado científicamente gracias a estos divulgadores. Antes malpagados tenían su premio en la satisfacción filantrópica de balde, pero cada vez menos: muchos periódicos buenos, incluso universidades y centros de investigación, tienen sus expertos comunicadores. Aunque no es exactamente lo mismo, algo se parece y ya se empieza a abrir un nuevo tipo de empleo.

Ayer nos visitaron unos alumnos de ciencias ambientales que han creado una web de divulgación científica. Una iniciativa sorprendente para una persona que busca su primer trabajo. ¿O no?