Otoño 2017, número completo y Editorial (Vol. 10, nº 164)

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La ciencia de lo arbitrario

Imagine un universo donde las leyes sean congruentes solo localmente. En principio, mientras las provincias donde rijan tan distintas como arbitrarias leyes estén lo suficientemente separadas, no debería haber problema. O sí. Podríamos pensar que la velocidad de la luz ya se encargaría de mostrar la incoherencia (de manera más o menos catastrófica, cosa que ahora no importa mucho) cuando transcurriera el tiempo necesario para transitar sobre las demarcaciones. Pero no. Puestos a imaginar, dele a cada localidad un tiempo propio, una cadencia de sucesos tan vertiginosa como sea necesario, doblando el espacio-tiempo, saltando entre membranas M o como sea. ¿Qué ciencia se podría hacer en tal universo?

Deje de imaginar y piense qué ciencia estamos haciendo ahora. Un físico (no muy famoso) especuló con un mundo donde la luz llegaba poco más allá de la nariz de cada uno, de forma que solo nasones afortunados podían fisgar lo que hacían sus vecinos. Somos conscientes de que vivimos en ese mundo y de que la ciencia del cutting edge nos está dejando chatos por momentos y, sin embargo, perseveramos en fustigar nuestro tiempo propio persiguiendo el cetro de experto en nada. Empezamos dejando de entender lo que hacía el vecino para pasar a ignorarlo y, finalmente, a ridiculizarlo por no dedicarse a lo que realmente importa, es decir, a lo que hago yo.

Si no quiere acabar en una provincia con dos habitantes (usted y su ego) regidos por una ley caprichosa, lea folletines de provincias exóticas, por favor.