Número especial 2020: Ciencia y Política (Vol. XIII, núm. 172)

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LA CIENCIA NO ES ROMÁNTICA

Por Victoria de Andrés

La imagen romántica del científico excéntrico, aislado del mundo y ajeno al entorno que rodea al microuniverso de su laboratorio es precisamente eso, una imagen romántica. La realidad es otra muy distinta. Por ir desmontando paso a paso el mito, empezaré afirmando que el científico no es un ser excéntrico, sino un profesional absolutamente integrado en una sociedad que cada vez valora más su ejercicio experto y cualificado (al menos, así queremos pensarlo) y que es consciente de lo imprescindible de su trabajo a la hora de mantener el progreso y bienestar de todos. En segundo lugar, no trabaja aisladamente. Muy al contrario, los grandes grupos de investigación son la plataforma indispensable para que los científicos desarrollen sus ideas, progresen en sus proyectos y creen sinergias que posibiliten el rendimiento exponencial de sus aportaciones individuales. Como si de un sistema orgánico se tratase, en ciencia, el todo es mucho más que la suma de sus partes. Y llegamos a la última parte de la frase, la que nos reúne en torno a este número extraordinario que espero, queridos lectores, que disfruten. Me refiero al mundo externo al laboratorio que, por supuesto, importa, y mucho. Importa en el planteamiento de las hipótesis de trabajo que sustentan el argumento basal de los proyectos de investigación, cada vez más exigentes a la hora de dar respuesta a problemas sociales. La situación actual de pandemia consecuente a la irrupción del COVID-19 es un escenario perfecto para ilustrar cómo la sociedad exige de la ciencia respuestas ante una situación de emergencia biosanitaria de una manera rápida e, incluso, inmediata. Pero esta exigencia debe ser bidireccional. Los científicos exigimos también presupuestos que financien nuestros proyectos, que posibiliten la adquisición y manejo de infraestructuras, aparatajes y reactivos extraordinariamente costosos (y que, rápidamente, se quedan obsoletos) y que permitan contrataciones de personal altamente cualificado con sueldos mínimamente acordes a esa excelencia profesional. Estos presupuestos, además, deberían mantenerse en el tiempo sin depender de coyunturas puntuales de alarma que hagan especialmente visibles nuestra labor, de ideologías gubernamentales o de caprichos puntuales de los políticos. Sí, en la investigación científica importa también el dinero, mucho dinero, y no hay nada menos romántico que el vil metal. . .