Primavera-2021 Número completo y Editorial (Vol. XIV, Núm. 177)

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¿Camino trillado o camino salvaje?

Querido lector de Encuentros, en este número de primavera, después de meses de pandemia y ante la sombra de la crisis económica que nos acecha quiero compartir contigo unas reflexiones optimistas sobre la divulgación científica. Parece que la primavera no solo ha traído la alegría en forma de flores e insectos revoloteando, también en forma de potenciales bazas de futuro para nuestros alumnos. Hace más de un año, antes del encierro, transmití a un grupo de colegas, en tono jocoso pero no por ello poco serio, que me había vuelto a reconciliar con la «raza humana». Me refería con ello a la vida cultural fuera del corsé de los programas académicos de la Facultad de Ciencias. Esta afirmación estaba motivada por una de las sesiones de Ciencia Sin Límites que tan brillantemente son organizadas por nuestra coeditora A. Victoria de Andrés (Mevi). En tal mesa redonda, el debate de ideas fue de tal nivel que los que asistimos como público no pudimos ser indiferentes al hecho de que estábamos en uno de esos lugares magnéticos, donde la exposición y la discusión de ideas se combinan creando algo único. Tras el cierre de la actividad y la preceptiva invitación de consejería a abandonar el lugar, todos seguíamos en una especie de nube. Recuerdo a uno de nuestros coeditores hablando con un colega diciéndole que había que venir a Ciencias si quería asistir a debates filosóficos interesantes. También recuerdo corrillos de personas discutiendo afuera sobre los temas tratados tras la mesa redonda. Nadie quería irse. Durante unas horas me transporté a la frescura de mis años de licenciatura, cuando la ciencia para mí era un vasto mundo incógnito al que quería incorporarme para participar en su exploración y descubrimiento. Hace unos días, fui invitado como ponente a las primeras Jornadas de Divulgación y Comunicación Científica (adjunto el cartel al final de este editorial a modo de manifiesto). Increíblemente, esta actividad no estaba organizada por ninguno de nuestros servicios del rectorado, ni por ningún órgano del decanato, ni por profesores a título personal. Por el contrario, estaba brillantemente organizada por estudiantes a través de los Consejos de Estudiantes de Ciencias y Comunicación. Reconozco que me costó identificar las sensaciones que me envolvían al asistir a algunas de las ponencias. La borrachera de clases, trabajos fin de grado y manuscritos aderezada con la burocracia pertinente en la que muchos nos encontramos a estas alturas de curso me había restado la frescura necesaria. Ahora veo que la sensación más cercana era que me había vuelto a «reconciliar con el mundo», pero ahora de una manera de lo más inesperada: a través de los propios alumnos, en cuya capacidad de tomar iniciativas había ido perdiendo la fe. No voy a detallar los innumerables elementos que han salido a luz en estas jornadas, pues albergo la esperanza de que parte de ellos sean publicados aquí en los próximos meses. Sólo voy a dejar la semilla de tres pensamientos que se me han hecho evidentes. El primero es que, como si fuera una aparición espectral, el mundo de la divulgación científica, en el que tengo el privilegio de participar desde estas páginas, se me ha presentado no como un actor secundario del mundo de la ciencia, sino que va a llegar a ser un actor principal. La sociedad quiere saber más sobre la ciencia. Hay demanda, hay cancha. No nos vamos a engañar, a este mundo lo gobierna el capital: la oferta y la demanda. Si, como pienso, en esta sociedad hay más demanda que oferta, es previsible que la divulgación científica llegará a mover mucho más dinero del que mueve ahora. Eso lleva al segundo punto. Estoy completamente convencido de que aquí lo que funciona es el científico que hace periodismo y no al contrario, a diferencia de lo que pueda ocurrir en otros campos. El periodista no puede llenar tal demanda porque no conoce el mundo de la ciencia. Por ello, el profesional de la divulgación científica debe ser científico. O bien el periodista se hace científico o bien el científico hace periodismo, pero eso pasa casi sí o sí por cursar las titulaciones de ciencias. La tercera reflexión es que, si bien la lengua franca actual de la ciencia es el inglés…y no atisbo la manera que deje de serlo en el futuro inmediato, la ciencia llega, motiva, «engancha» en lengua vernácula, le pese a quien le pese. El español es la segunda lengua materna del mundo… Ahí lo dejo. Una carrera científica estándar es durísima, lo exige todo. Pero lo peor es que este camino está muy trillado y las instituciones públicas apenas pueden absorber una pequeña parte de los buenos científicos que están dispuestos a pagar el precio y que ellas mismas generan. No sé cuándo, ni cómo, ni cuan duro será, ni quiénes se adentrarán como pioneros en este camino salvaje, pero estoy convencido que la divulgación va a ser una salida profesional en alza porque es un servicio que la sociedad demanda.
Juan Antonio Pérez Claros