Verano-2021 Número completo y Editorial (Vol. XIV, Núm. 178)

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Leí por primera vez a Isaac Asimov a mediados de los ochenta del siglo pasado, cuando él ya era un consagrado novelista de ciencia ficción. De hecho, al igual que Arthur C. Clarke, consiguió dar tal base científica a sus novelas, que casi nadie cuestiona su lugar en el podio de los mejores escritores del género. Hablar de las tres leyes de la robótica o de la saga de la Fundación era la norma en aquellos días tanto entre los estudiantes de ciencias puras como aplicadas. Puede parecer paradójico, pero mi primer contacto con su obra fue con su otra faceta: la de divulgador científico. En aquellos años, la revista Muy Interesante lanzó una colección de libros bajo el título Biblioteca de Divulgación Científica. En aquella increíble recopilación de libros de tapas rojas había una magnífica Introducción a la Ciencia, en dos volúmenes donde Asimov introduce los fundamentos de las ciencias, tanto físicas como biológicas. Creo fielmente en la capacidad y visión de este autor. Cualquiera puede ver en YouTube la impresionante entrevista que le hicieron en 1988 donde se adelanta a su tiempo y predice el aprendizaje mediante una de las herramientas más importantes que ha desarrollado la humanidad: internet. Sin embargo, hoy por hoy, si bien internet es un hecho, el aprendizaje augurado no se ha materializado y quizás quede mucho para alcanzar algo así. La cuestión creo que es de una simpleza rotunda, como decía Platón: para aprender primero uno tiene que saber lo que tiene que aprender. Es decir, no se puede aprender lo que no se sabe porque simplemente no se sabe lo que se tiene que aprender. Tener internet no es lo mismo que aprender de internet. Hay por ahí una corriente «pedagógica » (por llamarle de algún modo) que sostiene que los alumnos deben descubrir los conocimientos por sí mismos. A sus partidarios les recomiendo que vean otra entrevista de YouTube a cierto catedrático de matemáticas explicando la improbabilidad de que un alumno descubra por sí mismo el cálculo infinitesimal…, tarea que por cierto le ha llevado milenios a la humanidad (si contamos sólo desde Los elementos de Euclides). No quiero ser mal interpretado: internet ofrece unos medios nunca imaginados para obtener datos e incluso para aprender por uno mismo, pero se necesita, aunque sea una pequeña base en un tema para poder hacerlo. La formación es irremplazable. A donde quiero ir a parar es (parafraseando a mi querido coeditor, Miguel Ángel Medina) que tener datos no es tener información. Infinidad de veces me he bajado artículos que no he comprendido tras concienzudas lecturas y con obstinada persuasión hasta que no he ido a buscar a un colega especialista en tal materia que me lo ha explicado. Tal persona ha realizado una verdadera labor de divulgación, en ese caso conmigo. Creo que esa es la esencia de la divulgación: contextualizar una materia intentando bajar el nivel para que el no especialista pueda entender algo de la misma. No puede divulgar el lego en un tema. Para ello hay que conocer, para conocer hay que aprender y para aprender alguien debe enseñar qué es lo que se debe aprender. Incluso cuando se refuta algo se debe saber qué es lo que se refuta. Nadie parte de cero, todos partimos de milenios de conocimientos heredados de nuestros ancestros. En la medida que información y datos no son lo mismo, todos somos tanto maestros como alumnos. Querido lector, nuestra humilde vocación es tanto acercarte el mundo de la biología como recibir tus contribuciones si es que tienes algo que quieras compartir desde estas páginas…aunque sea sólo hasta que el augurio de Asimov sobre el aprendizaje en internet se materialice. Juan Antonio Pérez Claros