Invierno-2021 Número completo y Editorial (Vol. XV, Núm. 181)

Descarga aquí el número completo de Encuentros en la Biología (número 181)

Los científicos somos, antes que nada, personas. En este momento frente a la brutal e injustificada invasión rusa de Ucrania me avergüenza admitir la inconsciencia e ingenuidad desde la que he escrito los editoriales de Encuentros estos últimos años. Este tremendo acontecimiento me ha hecho caer en la cuenta de algo tan obvio como invalorable: que esta revista ha estado y está siendo publicada en una zona sin conflictos armados. La paz es una de las condiciones más básicas para que los seres humanos podamos llevar a cabo casi cualquier aspecto de nuestras vidas. Desgraciadamente con la paz ocurre como con la salud: no somos conscientes de su tremendo valor hasta que la perdemos. Hace pocas semanas intercambié con total normalidad algún que otro email con un colega paleontólogo que vive en Kiev. Ahora no puedo dejar de pensar cual será el destino de él y de miles y miles de personas en estas horas tan oscuras. Desde niño me fascinó el hecho que la Ciencia (con mayúsculas) fuera una actividad colectiva de la humanidad, sin nacionalidad, sin fronteras, aglutinando personas con el objetivo común de hacer avanzar sus disciplinas y compartir dichos avances con todos sus semejantes. A nuestra escala, el espíritu de Encuentros en la Biología es exactamente el mismo: compartir las innumerables facetas de las Ciencias Biológicas con todas aquellas personas interesadas. No hay nada más horrible que una guerra para desbaratar este bello propósito en cualquier parte del mundo. Desde aquí quiero compartir una anécdota personal que me ocurrió durante mi estancia postdoctoral en Alemania al respecto de la actitud de un científico y lo que yo interpreté como una especie de resistencia pasiva frente a la brutalidad de la guerra. Para mí fue como una brisa fresca que me trajo un mensaje de esperanza, cosa más que necesaria en estos tiempos aciagos para la paz en Europa. Hoy en día hasta los artículos más oscuros pueden encontrarse en internet y aquellos que aún no están disponibles es cuestión de tiempo que lo estén. Es cierto que el acceso a muchos de ellos no es gratuito, pero aún así, muchos científicos de universidades pequeñas hemos podido acceder a bibliografía absolutamente inaccesible de otra forma. Esa no era la realidad en 2001, cuando internet estaba en sus comienzos para el gran público y muchas revistas estaban empezando a publicar online. Tuve que revisar cientos de artículos en papel para la recopilación del material que me era necesario para mis investigaciones y entre ellos destacaron unas magníficas publicaciones realizadas por el Prof. Tatsuro Matsumoto sobre el Cretácico de Japón. Verdaderamente eran tan buenas que llamaron mi atención, pero en aquel momento no caí en la cuenta de un hecho fundamental. La sorpresa vino cuando introduje a mano las referencias en mi tabla Excel. Al llenar el campo del año, me di cuenta de que habían sido publicadas durante la Segunda Guerra Mundial, literalmente bajo los bombardeos que ferozmente batían todas las islas del archipiélago. Desde 1941 con el ataque a Pearl Harbor hasta 1947 cuando se disolvió legalmente el Imperio de Japón, el Prof. Matsumoto publicó 17 excelentes artículos. Sorprendido, mandé un email a mi mentor, el Prof. Richard Reyment de Uppsala en Suecia. Le indiqué que era una pena que ya no estuviese entre nosotros científicos de esa talla. Sin embargo el Prof. Reyment me respondió extrañado que no le constara que hubiese fallecido, pues había estado con él hacía pocas semanas cuando había viajado a Japón. Ni corto ni perezoso, justo antes de las fiestas navideñas, le escribí una carta agradeciéndole al Prof. Matsumoto la publicación de tan buenos trabajos que me estaban ayudando en mis investigaciones sobre la evolución de la complejidad fractal de los ammonites del Mesozoico. Cuando volví de España tras las fiestas, la secretaria del instituto me dijo que había correspondencia de Japón para mí. En efecto, el Prof. Matsumoto me mandó una carta manuscrita donde, agradecido por mis palabras, mostraba su satisfacción por que sus publicaciones me fueran de utilidad y me animaba a seguir con mis trabajos. Tatsuro Matsumoto se mantuvo activo hasta el final de sus días. En 2009, cuando nos dejó con 95 años, había publicado 246 artículos en inglés, 159 en japonés, 8 capítulos de libros en inglés y 14 en japonés. La lección inspiradora que obtuve es que, a pesar de tan tremendas circunstancias, lo que merece la pena hacerse ha de ser hecho, quizás incluso con mayor ímpetu a modo de contrarréplica frente al horror de un conflicto. Ojalá estas palabras tuviesen algún efecto para detener la barbarie en Ucrania. En cualquier caso, hoy no deben dejar de ser expresadas. Desde aquí seguimos trabajando aportando nuestro humildísimo granito de arena con este editorial. Creo hablar en nombre de todos los editores de Encuentros en la Biología al condenar esta absurda atrocidad y esperar que la paz regrese lo más pronto posible.
Juan Antonio Pérez Claros